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Contos-->Nuestra Amistad -- 03/02/2007 - 23:32 (MARIA CRISTINA DOBAL CAMPIGLIA) Siga o Autor Destaque este autor Destaque este Texto Envie Outros Textos


Nuestra Amistad

Siempre fuiste menos corajoso que yo. Te quedabas para atrás cuando tocábamos timbre y salíamos corriendo. Y te ponías colorado si alguien decía que nos había visto. Siempre a la salida de la escuela.
Decían que éramos novios. Allá en los años de nuestra infancia. Raramente nos dábamos las manos, porque no podíamos decir que nos gustábamos. Teníamos vergüenza.
Confieso que me daba frío en la barriga cuando no te veía en el grupo.
O a veces, cuando te veía.
Nuestras existencias infantiles dependían de la familia. Fue un desastre cuando inventaron de cambiarnos de escuela. Eso, porque estábamos en la misma clase, y al cambiarnos: qué pasaría?
Por suerte caímos en la misma. Y seguimos nuestro romance secreto- un romance que dependía exclusivamente de los ojos. Y que seguramente tenía como segundo determinante, la distancia.
Para mí, estar donde estabas tenía el absoluto significado de estar viva. Y lo mejor era percibir que para vos también lo era. Como una mágica conversación silenciosa que se constata y que simplemente, te demuestra que hay sentido en existir. Y te hace prometer que nunca más olvidarás lo que es amar. Nadie más nos precisaba enseñar.
La vida no fue mala con nosotros. El tiempo nos dejó caminar juntos, varios años. Pero vos nunca te animabas a invitarme a bailar en las fiestas, nunca me llamaste para salir. Yo sabía que cuando me daba la loca, y me ausentaba del grupo, y no iba con todos, vos preguntabas por mí. Tus amigos y las mías que sabían los secretos nos hacían quedar juntos. Nos dejaban solos en la mesa para hablar. Pero vos rodeabas y rodeabas, y algo siempre nos pasaba que nada nos pasaba. Y yo juraba que te olvidaría al día siguiente, porque lógicamente vos no me querías. Y al otro día, siempre que yo me juraba no pensar en vos, me llamabas por teléfono y pedías un libro. Un número de alguien, o algo así. Y después me decías donde estarías, y me pedías que fuera. Y yo, claro- iba!
Nos hicimos menos tímidos y hablabas conmigo. Nos reíamos mucho. Al final, a los dieciséis, si mal no recuerdo- y a mis catorce años, por fin me besaste en la fiesta del liceo.
Y el mundo se volvió el mejor lugar para existir- otra vez, como en la infancia- solo que ahora los ojos solamente no alcanzaban. La distancia, era cruel. Y los besos precisaban más y más. Fue cuando tus padres decidieron irse del país. (La dictadura amenazaba a todos, y las cosas estaban de mal a peor).
Nos fuimos, y se fueron. Nos apartamos para un siempre interrogado de quién sabe, una nostalgia sin final, que envolvería tu vida y la mía, y nos convencería que era mejor olvidarse.
Y entonces decidimos olvidarnos. O creer que era mejor creer en eso. Apostar en la falta de memoria. O en la mudez de los recuerdos, como quieras.
Entonces, la distancia nos jugó una mala suerte- para que las miradas dejaran de existir, y quedó solo un dibujo que me hiciste, con colores y rasgos de obra de arte.
El temporal de las cosas, la profesión y los estudios, el trabajo, los otros y las otras, los casamientos y las separaciones (mías, claro, porque vos; como dije, siempre fuiste menos corajoso!) y los hijos…Y la distancia.
Y entonces ahora, con casi cincuenta años, te he encontrado por un acaso de los grandes – un acaso de esos que se puede arriesgar a decir que es un gran error…
Y lo que haríamos?
Como decir de tantas cosas que han quedado en el medio, que han pasado con los años, que nos han cambiado tanto, nos han herido y curado, y aquí de nuevo nos devuelven : como si fuera posible después de tantas cosas que nos mirásemos y volviéramos a seguir de donde partimos, como si eso aún fuera posible…
Y lo peor –o lo mejor- es que así, en un cuarto de hotel yo, en otro tú, por coincidencia de un completo –como digo yo- acaso- y como debes decir tú : destino, estamos en el mismo suelo después de treinta años, después de un saludo cordial en el hall de este mismo hotel, un abrazo muy formal, un “como estás, tanto tiempo!!” y sin coraje de preguntarnos mucho más…después de todo eso, me doy cuenta de que me senté en la cama, me empecé a acordar de nosotros, me ausenté del universo, y como anestesiada me he perdido en el pasado : pasaron cuatro horas, ya es de madrugada- y no sé muy bien lo que haré…
El teléfono llama, atiendo con terror de que puedas ser tú, o algo que contigo tenga que ver. El frío y el temblor se me vienen a las manos. “Usted es Estela?” “Sí, soy yo”, respondí. “Pues bien, le han dejado una caja aquí en la recepción”. “Quién”,pregunto yo. “Un huésped que ha salido, señora”.
Corro abajo y sin ver lo que pasa entre salir del cuarto y llegar hasta la caja, finalmente la recojo y me vuelvo en desespero a la habitación.
Tus dibujos para mí, un reloj que yo te había regalado, que no marcha más. Una caja de fósforos, unas servilletas de papel, una flor seca. Una carta de amor que nunca me habías mandado. Y un papel del hotel que leo con temblor en las manos :
“me voy y te dejo esto, con un beso. Yo sabía que te vería, porque me enteré de los nombres en la lista del congreso antes de venir. Sabía que estarías aquí. Como ves, como siempre acontece con nosotros: sigo siendo mucho menos corajoso que vos. Y te pido que me perdones. Porque ahora, sin duda : estoy aún peor. Tanto en la falta de coraje, como en las ganas de verte aunque sea en muchos años, pero verte otra vez. Y lo último que te pido, es que des vuelta el papel y no pierdas mi número de teléfono- que me llames, porque tu coraje siempre fue un ejemplo para mí”.
Y entonces, por lo avanzado que estaba el reloj, recogí mis ropas y valija, me peiné, creo que sí- y bajé, y me fui. Corriendo, al aeropuerto. Un tránsito feroz, el conductor del taxi hablando y hablando, gritando tal vez. Y yo, entre rostros y bocinas de autos, entre olores de ciudad que madruga, como hipnotizada y sin ganas de comer, vuelvo a la magia de pensar : como es bueno saber que algún día, tal vez- mismo a pesar de tu falta de coraje, te podré encontrar. Porque aún tenemos un pedazo de nosotros sin resolver, que nos mira desde allá (tal vez inclusive desde nuestra clase de escuela) que nos contempla y no nos deja escapar. Ni tu vergüenza, ni mis ganas de reír. Y porque vivís en la Tierra- sí, como yo- aún estás por aquí!
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